Prólogo
Jeff corría vertiginosamente por aquel
bosque frondoso en plena luna llena, había empezado ya el solsticio
de invierno y acompañado de él, un viento tan gélido que era capaz
de producir hipotermias mortales. No disminuía en absoluto su
velocidad, puesto que él sabía que si eso sucedía algo
terriblemente espantoso podría recaer sobre él. Lo que si
desconocía era lo que se le venía encima, su instinto solo le decía
a gritos que escapara de aquel espantoso lugar, que no mirara atrás,
y mucho menos que se detuviera aunque solo fuera un par de segundos.
Corría, saltaba, trepaba y nadaba con suma agilidad, velocidad y
destreza, todo simultáneamente, pues sus ganas de escapar de aquello
que lo perseguía eran sobrehumanas, a decir verdad, jamás había
visto ese carácter ni tan siquiera en un animal.
Saltó de nuevo de una copa del árbol
a otra, pero resbaló al tocar la resina que se hallaba en una de sus
ramas, intentó cogerse desesperadamente pero cayó estrepitosamente
sobre el suelo, dándose un golpe en la cabeza no lo suficientemente
fuerte como para dejarlo inconsciente, pero si para que se sintiera
mareado y que todo le diera vueltas.
—Aahhh...mierda
—Musitó con la respiración entrecortada con tono de dolor y
cansancio—. Debo levantarme y seguir, no
puedo quedar... —No
pudo terminar de hablar, sentía que estaba rodeado por aquella
amenazante nocturnidad, aquello que sin saber de que se trataba, era
lo que más temía.
Se
incorporó con dificultad y una vez en pie le costaba aguantar el
tipo, ese golpe en la cabeza le había perjudicado lo suficiente como
para no poder seguir, todo le daba vueltas. Sentía que aquella cosa
se le acercaba, esta vez, lentamente y desde la maleza. Jeff respiró
hondo, ya sabia que su final estaba cerca, desapareció el miedo en
sus ojos y en todo su cuerpo, cogió valor, se secó las gotas de
sudor que resbalaban por su frente y gritó con las únicas fuerzas
que le quedaban:
—¡ACÉRCATE!
—No
hubo respuesta alguna—.
¡VENGA,
NO TENGO MIEDO! —Esta
vez el grito estaba más cargado de rabia. Pero nada, otra vez era
como si estuviera hablando solo, como si aquello que tanto lo estaba
atormentando se hubiera esfumado como si nada. De
repente, como si de una broma se tratase, volvió a notar aquella
presencia, esta vez, con
más fuerza. Volvió a coger una bocanada enorme de aire, se apretó
los puños de tal forma que casi le sangran y justo cuando expulso
aquel aire retenido, noto como la oscuridad se le hecho encima.
Sintió como se le congelaba el cuerpo entero y posteriormente se
partía en mil pedazos, su mente se quedó en blanco a punto del
desmayo, todo lo de su alrededor desapareció absorbido
por aquella oscuridad y sus consecuencia, era la peor sensación que
alguien pudiera tener jamás, se estaba muriendo.
Algo
en lo profundo hizo un diminuto haz de luz, se extinguió por
completo, pero a los pocos instantes se produjo una potente explosión
de fulgor procedente
de ese mismo punto que
iluminó hasta
el ultimo rincón, donde hace apenas unos segundos era todo oscuridad
y temor, ahora era una capa de
luz radiante que inspiraba valor y vida. Escuchó una voz
lejana.
—¡Jeff!
¡Jeff! ¡Jeff venga!
Jeff
abrió los ojos lentamente y pudo divisar una silueta sentada donde
él
se
encontraba
acostado. Era su madre, estaba acostado en
la cama de su habitación, en
el reloj marcaba las 10 de la mañana, fuera había amanecido un
precioso día de verano y
los
pájaros revoloteaban con sus alegres cantos mientras chapoteaban el
agua de un pequeño estanco.
—¿Te
encuentras bien? —Preguntó
su madre con una pizca de preocupación.
—Sí...solo
era una
pesadilla...no
te preocupes mamá —Dijo
aún jadeante
y con problemas para respirar. Se incorporó de la cama y volvió a
poco a poco a su respiración normal.
Su
madre le dio un beso en la frente y
le revolvió el pelo con
una mano—.
Mi
pequeño —Dijo
sonriendo mientras se marchaba de la habitación.
—Mamá,
ya no soy pequeño —Protestó
Jeff.
—Sí,
sí, lo que tu digas cielo —Ella respondió ya saliendo y sin girarse.
En verdad, Jeff ya tenía diecisiete años y no
era para nada un niño pequeño, pero el sabia que para su madre lo
sería siempre, sin importar su edad y eso en cierto modo lo
reconfortaba. No había ni rastro del bosque, ni tampoco de ese
invierno tan gélido y menos aún de esa extraña cosa. Estaba a
salvo, estaba en casa. O al menos era lo que el creía.
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