jueves, 19 de junio de 2014

Prólogo 


Jeff corría vertiginosamente por aquel bosque frondoso en plena luna llena, había empezado ya el solsticio de invierno y acompañado de él, un viento tan gélido que era capaz de producir hipotermias mortales. No disminuía en absoluto su velocidad, puesto que él sabía que si eso sucedía algo terriblemente espantoso podría recaer sobre él. Lo que si desconocía era lo que se le venía encima, su instinto solo le decía a gritos que escapara de aquel espantoso lugar, que no mirara atrás, y mucho menos que se detuviera aunque solo fuera un par de segundos. Corría, saltaba, trepaba y nadaba con suma agilidad, velocidad y destreza, todo simultáneamente, pues sus ganas de escapar de aquello que lo perseguía eran sobrehumanas, a decir verdad, jamás había visto ese carácter ni tan siquiera en un animal.
Saltó de nuevo de una copa del árbol a otra, pero resbaló al tocar la resina que se hallaba en una de sus ramas, intentó cogerse desesperadamente pero cayó estrepitosamente sobre el suelo, dándose un golpe en la cabeza no lo suficientemente fuerte como para dejarlo inconsciente, pero si para que se sintiera mareado y que todo le diera vueltas.
Aahhh...mierda —Musitó con la respiración entrecortada con tono de dolor y cansancio—. Debo levantarme y seguir, no puedo quedar... No pudo terminar de hablar, sentía que estaba rodeado por aquella amenazante nocturnidad, aquello que sin saber de que se trataba, era lo que más temía.
Se incorporó con dificultad y una vez en pie le costaba aguantar el tipo, ese golpe en la cabeza le había perjudicado lo suficiente como para no poder seguir, todo le daba vueltas. Sentía que aquella cosa se le acercaba, esta vez, lentamente y desde la maleza. Jeff respiró hondo, ya sabia que su final estaba cerca, desapareció el miedo en sus ojos y en todo su cuerpo, cogió valor, se secó las gotas de sudor que resbalaban por su frente y gritó con las únicas fuerzas que le quedaban:
¡ACÉRCATE! No hubo respuesta alguna—. ¡VENGA, NO TENGO MIEDO! Esta vez el grito estaba más cargado de rabia. Pero nada, otra vez era como si estuviera hablando solo, como si aquello que tanto lo estaba atormentando se hubiera esfumado como si nada. De repente, como si de una broma se tratase, volvió a notar aquella presencia, esta vez, con más fuerza. Volvió a coger una bocanada enorme de aire, se apretó los puños de tal forma que casi le sangran y justo cuando expulso aquel aire retenido, noto como la oscuridad se le hecho encima. Sintió como se le congelaba el cuerpo entero y posteriormente se partía en mil pedazos, su mente se quedó en blanco a punto del desmayo, todo lo de su alrededor desapareció absorbido por aquella oscuridad y sus consecuencia, era la peor sensación que alguien pudiera tener jamás, se estaba muriendo.
Algo en lo profundo hizo un diminuto haz de luz, se extinguió por completo, pero a los pocos instantes se produjo una potente explosión de fulgor procedente de ese mismo punto que iluminó hasta el ultimo rincón, donde hace apenas unos segundos era todo oscuridad y temor, ahora era una capa de luz radiante que inspiraba valor y vida. Escuchó una voz lejana.
¡Jeff! ¡Jeff! ¡Jeff venga!
Jeff abrió los ojos lentamente y pudo divisar una silueta sentada donde ése encontraba acostado. Era su madre, estaba acostado en la cama de su habitación, en el reloj marcaba las 10 de la mañana, fuera había amanecido un precioso día de verano y los pájaros revoloteaban con sus alegres cantos mientras chapoteaban el agua de un pequeño estanco.
¿Te encuentras bien? Preguntó su madre con una pizca de preocupación.
Sí...solo era una pesadilla...no te preocupes mamá Dijo aún jadeante y con problemas para respirar. Se incorporó de la cama y volvió a poco a poco a su respiración normal.
Su madre le dio un beso en la frente y le revolvió el pelo con una mano—. Mi pequeño Dijo sonriendo mientras se marchaba de la habitación.
Mamá, ya no soy pequeño Protestó Jeff.
Sí, sí, lo que tu digas cielo Ella respondió ya saliendo y sin girarse.
En verdad, Jeff ya tenía diecisiete años y no era para nada un niño pequeño, pero el sabia que para su madre lo sería siempre, sin importar su edad y eso en cierto modo lo reconfortaba. No había ni rastro del bosque, ni tampoco de ese invierno tan gélido y menos aún de esa extraña cosa. Estaba a salvo, estaba en casa. O al menos era lo que el creía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario